Venenoso no soy.
Niños no muerdo.
Raíz todavía no soy.
Por flores no pregunto.
Gusanos y caracoles
degusto con placer.
Me siento en rincones oscuros.
Soy muy modesta.
Nadie me puede soportar.
Esto da vueltas en mi mente:
¿Puedo asegurar que soy fea?
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Venenoso no soy.
Niños no muerdo.
Raíz todavía no soy.
Por flores no pregunto.
Gusanos y caracoles
degusto con placer.
Me siento en rincones oscuros.
Soy muy modesta.
Nadie me puede soportar.
Esto da vueltas en mi mente:
¿Puedo asegurar que soy fea?
Album: 35 años.
Bitrate: 128.
Tamaño del archivo: 101.7 Mb.
Caratulas: Frontal .
Año: 2018.
Ach net Närrich
(Ni loco)
Por el año 1900 y pico, vivía en una de las colonias un paisano alemán que luego de arrear hacienda por esos caminos de Dios, y habiendo quedado sin trabajo no podía encontrar ocupación alguna. Su difícil situación no hallaba remedio y entonces decidió dirigirse a la Capital Federal con el propósito de ganarse unos pesos. A poco de bajar del tren alguien lo encaminó a una agencia de colocaciones, donde expuso, en un castellano plagado de palabras en dialecto, su deseo:
-Vengo a buscar un empleo…
-¿De qué clase? –le preguntó al alemán el encargado de la agencia.
-De cualquiera…
-¿Le vendría de jardinero?
-¿Dejar dinero? –entendió el alemán-. ¡Ach net Närrich! (Ni loco)… ¡Si lo que ando buscando es el modo de conseguirlo!
…………………………………………………………….
Discusión después de un casamiento…
Cuentan en los bares de las colonias que una madrugada de invierno de 1940 regresan dos borrachos a sus hogares, después de haber bebido hasta más no poder en un casamiento que ya llevaba tres días de jolgorio. Uno se llamaba Joseph y el otro, Hans. Caminaban en zigzag, extraviados en la neblina del alcohol.
Hans se aferra a un poste y mira hacia el cielo.
-Mirá, esa es la luna –afirma.
-¡No! Ese es el sol –lo corrige Joseph.
-¡Pero no hombre!, esa es la luna –insiste Hans con voz pastosa y ánimo contrariado.
-¡Te digo que no! –se mantiene firme en su opinión Joseph mientras se sienta, colocando la palma de la mano en forma de visera para escrutar el cielo con más precisión. –¡Ese es el sol!
La discusión continúa hasta que deciden preguntarle a otro borracho que, igual que ellos, vuelve del mismo casamiento.
El borracho mira hacia el cielo. Analiza la pregunta. Piensa, reflexiona, y finalmente contesta:
-No sé, no soy de esta colonia.
…………………………………………………………….
Mejor no hacer preguntas
Un colono ebrio hasta la locura, llora una pena de amor imposible, sentado en una de las esquinas de la calle ancha de la colonia. Llega corriendo el oficial de policía de la localidad, agitado y sudado por el esfuerzo realizado, y le pregunta imperioso, con el revólver en la mano:
-¿Viste a un tipo doblar la esquina?
El borracho lo mira. Se seca las lágrimas con el torso de la mano, suspira hondo, se concentra increíblemente, para responder:
-No sé... cuando llegué, la esquina ya estaba doblada.
Autor: Julio César Melchior.
El 28 de agosto de 1941, el régimen de Stalin ordenó la deportación masiva de la comunidad
alemana del Volga hacia Siberia y Asia Central bajo sospecha infundada de que colaborarían con la Alemania nazi durante la invasión de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial. Esta medida conllevó la destrucción de sus decenas de aldeas, escuelas, iglesias, y patrimonio cultural, desmantelando su presencia histórica en la región. Las familias fueron desplazadas en condiciones extremas y sometidas a trabajos forzados, el hambre y el frío provocaron la muerte de miles de personas y el quiebre definitivo de su legado.
Para comprender la magnitud de esta tragedia, es fundamental contextualizarla en la historia de la Rusia zarista y, posteriormente, de la Unión Soviética.
A mediados del siglo XVIII, el vasto territorio del bajo Volga estaba escasamente poblado. La emperatriz Catalina la Grande, de origen alemán, vio en los colonos de su tierra natal la solución para poblar la región, modernizar la agricultura y proteger la frontera sur del Imperio Ruso. En 1763, emitió un manifiesto invitando a los alemanes a establecerse en estas tierras, ofreciéndoles importantes privilegios: exención del servicio militar, libertad de culto, autogobierno local y la promesa de tierras.
Cientos de miles de alemanes, principalmente de regiones empobrecidas que conforman los estados de Hesse, Renania-Palatinado, Baden-Wurtemberg y Baviera, y otras zonas del suroeste, aceptaron la oferta. Emigraron al Volga, donde fundaron cientos de colonias, y durante más de 100 años vivieron relativamente aislados, preservando su idioma, costumbres y religión. Esta prosperidad y aislamiento, sin embargo, los haría vulnerables en el futuro.
El pacto con la corona rusa se rompió en 1871, cuando el zar Alejandro II revocó los privilegios, obligando a los alemanes del Volga a realizar el servicio militar. Esta fue una de las principales causas de la primera gran ola migratoria hacia América, con contingentes masivos que se dirigieron a Estados Unidos, Canadá, Brasil y Argentina, donde buscaron la libertad y las oportunidades que habían perdido.
Tras la Revolución Rusa de 1917, los alemanes del Volga lograron un reconocimiento oficial de su identidad cultural con la creación de la República Autónoma Socialista Soviética de los Alemanes del Volga en 1924. Durante un breve periodo, pudieron mantener sus escuelas, periódicos y tradiciones en su propio idioma, un logro significativo en el contexto soviético. Sin embargo, este respiro sería efímero.
La verdadera catástrofe se desató con la invasión de la Unión Soviética por parte de la Alemania nazi en junio de 1941. El 28 de agosto de 1941, Stalin emitió un decreto infame que acusaba a la población alemana del Volga de ser "espías y saboteadores" potenciales. La excusa, que no tenía ningún fundamento, sirvió para justificar la disolución de la República Autónoma y la deportación total de su población.
Las aldeas fueron arrasadas y sus habitantes, en su mayoría mujeres, niños y ancianos, fueron arrancados de sus hogares de forma brutal y hacinados en vagones de ganado. Era una condena a la esclavitud en los campos de trabajo forzado y asentamientos remotos en las regiones más hostiles de la Unión Soviética, como Siberia, los Urales y Kazajistán.
Las condiciones eran tan inhumanas que muchos murieron en el trayecto y sus cuerpos fueron simplemente arrojados en el camino.
En los lugares de destino, la tragedia continuó. Los hombres jóvenes fueron separados de sus familias para ser enviados a los "Ejércitos de Trabajo", donde las condiciones eran equivalentes a las de los gulags. Las familias que quedaron atrás vivieron en la miseria, sin alimentos ni refugio adecuados, lo que provocó una tasa de mortalidad alarmante. Las consecuencias de esta deportación masiva y el trato inhumano que sufrieron son la razón por la que se habla de un genocidio.
Los alemanes del Volga, acostumbrados a la vida en las aldeas agrícolas, fueron forzados a realizar trabajos extenuantes en minas, aserraderos y la construcción de vías férreas. La jornada laboral se extendía por 12 o 14 horas, a menudo a la intemperie y bajo temperaturas extremas que podían bajar hasta los -50 °C en invierno.
La alimentación era insuficiente, con raciones de pan duro y sopa de agua con escasos vegetales, lo que provocaba una desnutrición generalizada. Muchos se veían obligados a comer lo que encontraban, como corteza de árbol o bayas silvestres. Los alojamientos eran barracones sin calefacción, atestados de personas y plagados de piojos y enfermedades como el tifus y la disentería. La falta de medicinas y atención médica hacía que cualquier enfermedad, por simple que fuera, se convirtiera en una sentencia de muerte.
El trato por parte de los guardias era brutal. Se utilizaban castigos físicos y humillaciones constantes para mantener a los prisioneros bajo control. Los que caían exhaustos por el trabajo o la enfermedad eran considerados "saboteadores" y a menudo eran ejecutados o dejados morir.
La tasa de mortalidad fue altísima, con cifras que superan las decenas de miles de víctimas. Los que sobrevivieron, al final de la guerra en 1945, no pudieron regresar a sus hogares. El decreto de Stalin, que los acusaba de "colaboracionismo", seguía vigente, y tuvieron que permanecer en el exilio interno, bajo la condición de "exiliados especiales" sin derechos civiles.
La deportación no solo destruyó la vida de miles de alemanes del Volga, sino que también dejó una profunda herida en la memoria colectiva de esta comunidad. La experiencia del trabajo forzado en Siberia y la posterior marginación se convirtieron en un pilar de su identidad, un recordatorio de la fragilidad de la vida y la importancia de la resiliencia en los momentos más oscuros.
Autor: Julio César Melchior.
Album: Prosit!
Bitrate: 128.
Tamaño del archivo: 43.2 Mb.
Caratulas: Frontal.
Año: 1985.
Sonido: Excelente.
Hay fechas que pasan inadvertidas y otras que cambian el curso de la historia. El 22 de julio
de 1763 fue una de ellas. Ese día, la emperatriz Catalina II de Rusia promulgó un Manifiesto destinado a poblar vastas tierras del Imperio, sin imaginar que su convocatoria daría origen a una de las migraciones más trascendentes de la historia moderna.
A 263 años de aquel documento, recordamos el inicio de una epopeya marcada por el desarraigo, la fe y la perseverancia. La travesía de los alemanes del Volga no fue simplemente una emigración: fue la construcción de un pueblo que supo preservar su identidad a través de los siglos y que, tras un nuevo éxodo, dejó una huella profunda e imborrable en la Argentina.
Hace más de dos siglos y medio, el Manifiesto de Catalina II La Grande se erigió como un faro de esperanza. Ofrecía tierras fértiles en cercanías del río Volga y, más importante aún, prometía libertad. Libertad para practicar la propia fe, para hablar el propio idioma, para gobernarse en comunidad y para estar exentos de las levas militares que desangraban a una Europa devastada por la guerra. Para miles de familias del Sacro Imperio Romano Germánico, sumidas en la precariedad, fue una invitación imposible de rechazar.
Aceptaron emigrar cansados de soportar los frecuentes conflictos políticos, sociales y religiosos, en los que se veían envueltos a causa de la dinámica de las decisiones que tomaban los príncipes y reyes imperiales, a los que estaban obligados a servir y después de sobrevivir a las guerras de los Cien Años (que en realidad se prolongó durante 116 años, entre 1337-1453), la guerra de los Treinta Años (1618-1648) y la guerra de los Siete Años (1756-1763), que habían devastado los territorios, arrasando cosechas y alimentos, y dejaban el campo sembrado de hambrunas, enfermedades, pestes, muerte y sin gente joven para comenzar de nuevo.
Así comenzó el primer gran viaje. Hombres y mujeres dejaron todo atrás para labrar un futuro en las estepas rusas. Allí, durante más de un siglo, construyeron una identidad única. No eran ya sólo alemanes, ni se sentían completamente rusos; eran los Wolgadeutsche, un pueblo que conservó con celo su dialecto, sus tradiciones, sus valores de trabajo y su profundo sentido de comunidad. En sus aldeas, la vida transcurría como un eco de la patria lejana, un testamento a su inquebrantable cohesión cultural.
En los primeros diez años partieron del Sacro Imperio Romano Germánico alrededor de 30.000 personas sobreviviendo apenas unas 23.000, como consecuencia de las peripecias que tuvieron que afrontar durante el viaje y lo difícil que fueron los comienzos en tierras rusas, para colonizar los campos inhóspitos, desolados y lejos de las grandes urbes, rodeados de siervos analfabetos, y utilizados como barrera de contención para mantener controlados a las tribus salvajes que asolaban la región, a pura violación y matanzas. Un detalle que omitió mencionar Catalina II en el Manifiesto de Colonización.
A pesar de todo eso, los colonos supieron sobreponerse y con sacrificio, esfuerzo y trabajo, más un hondo sentido del deber y una profunda fe en Dios y en sus valores culturales, consiguieron salir adelante. Labraron la tierra y en cien años transformaron la zona en una región productora de trigo, una extensión que alcanzó una amplitud mayor a la Suiza actual. Continuaron fundando aldeas y colonias que aportaron mayor progreso y crecimiento, extendiendo las actividades hacia otros sistemas productivos además del agropecuario.
Sin embargo, la historia les deparaba un segundo éxodo. Porque un día su situación cambió radicalmente, cuando en 1871 el gobierno ruso les informó que el Manifiesto quedaba anulado, que todo lo que se estipulaba en él quedaba revocado, y empeoró aún más cuando se obligó a todos los jóvenes de 20 años a servir en el ejército a lo largo de seis años. Lo que en pocas palabras significaba perder, además de las concesiones que otorgaba el Manifiesto, la identidad cultural. Algo que ellos no deseaban.
Cuando la sombra de la rusificación amenazó su identidad, los alemanes del Volga volvieron a mirar hacia el horizonte. Y con el mismo espíritu pionero de sus antepasados, emprendieron una nueva migración, esta vez hacia América.
Y es así, como a fines del siglo XIX y principios del XX, miles de estas familias desembarcaron en Argentina, atraídas por la promesa de tierra y libertad en un país nuevo. Se asentaron en las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos y La Pampa, entre varias otras, transformando el paisaje con el mismo tesón que antes habían demostrado en cercanías del Volga. Fundaron aldeas que aún hoy llevan nombres que evocan su origen y llenaron los campos de trigo, trayendo consigo el arado y la fe.
Por eso, hoy, al recordar aquel 22 de julio de 1763, no solo rememoramos un hecho histórico. Celebramos el legado imborrable de aquellos inmigrantes. Un legado visible en los apellidos que son parte de la identidad argentina, en las tradiciones que enriquecen su cultura y, sobre todo, en el espíritu de resiliencia que demostraron.
El Manifiesto de Catalina II fue la chispa, pero fueron la fe, el trabajo y la unidad de los alemanes del Volga los que mantuvieron la llama encendida a través de generaciones. Su viaje, que comenzó hace 263 años, es un poderoso recordatorio de que las raíces de un pueblo no están solo en la tierra de la que parten, sino en la comunidad y los valores que llevan consigo, dondequiera que el destino los lleve.
Autor: Julio César Melchior.
La Bandita Regional Alemana Edelweiss es una icónica agrupación musical de la provincia de Entre Ríos, Argentina, con más de 30 años de trayectoria difundiendo la música tradicional de los alemanes del Volga. Originaria de la zona de Crespo, es un pilar fundamental en las fiestas populares, bailes tradicionales y colectividades de la región.
Su origen a principios de 1992 en la ciudad de Crespo, Entre Ríos, creada inicialmente con el propósito específico de musicalizar y acompañar en vivo las presentaciones del Grupo Coreográfico Alemán Edelweiss .
Comenzaron siendo solamente tres músicos. Debido al gran entusiasmo y pedido del público en los bailes, decidieron independizarse para tocar en festivales de manera autónoma
En el primer disco los integrantes fueron Gustavo Elsasser : 1era Acordeon, Miguel Kihn 2doa Acordeon y teclados, Humberto Schmidt: Piano, bajo y voz, Hugo Treise Bateria
El grupo está conformado por Humberto Schmidt (piano), Gustavo Elsesser (acordeón), Alfredo Sack (acordeón), Marcelo Simoine (baterista) y Hugo Dalinger (voz), quien agradeció este gesto: “Fue una gran sorpresa, nos llena de emoción y nos da fuerzas para seguir con renovados proyectos”.
Aunque cambiaron algunos integrantes en más de 3 décadas, “Bandita Edelweiss” nunca interrumpió sus actuaciones (salvo la pandemia). Han tenido presentaciones exitosas en Buenos Aires, La Pampa, Chaco, Misiones, Córdoba, entre otras provincias. Con casi todos los fines de semana reservados en los próximos 2 meses y varias presentaciones para el año que viene, incluso una confirmada para marzo de 2027, aseguran: “La música es algo que lo llevamos muy adentro y mantenemos esa misma pasión, como desde el primer día…
Discografía
Bandita Edelweiss Vol. 01 - Fiesta en la Aldea
Bandita Edelweiss Vol. 02 - Ritmo y Alegria
Bandita Edelweiss Vol. 03 - A nuestra Gente
Bandita Edelweiss Vol. 04 - Por Siempre 2000
Bandita Edelweiss Vol. 05 - Se disparo el carro 2005
Bandita Edelweiss Vol. 06 - Bailando con Edelweiss 2008
Bandita Edelweiss Vol. 07-De Parranda con Edelwaiss 2010
Bandita Edelweiss Vol. 08- Por 20 años mas 2012
Bandita Edelweiss Vol. 09 - A Baila a bailar 2017
Album: Agradecidos.
Bitrate: 128.
Tamaño del archivo: 34.7 Mb.
Caratulas: Frontal .
Año: 2015.
La cocina de los alemanes del Volga es el reflejo de una historia marcada por la migración, el trabajo y la capacidad de adaptación. Cada receta conserva la memoria de un pueblo que supo mantener vivas sus tradiciones culinarias a través de los siglos, transmitiéndolas de generación en generación. Se trata de una gastronomía donde predominan los sabores auténticos, las preparaciones caseras y el aprovechamiento de ingredientes sencillos, convertidos mediante el conocimiento y la experiencia en platos de gran riqueza.
Las mesas de las familias alemanas del Volga siempre estuvieron ligadas al ritmo de las estaciones y al fruto del trabajo cotidiano. La harina, obtenida del trigo cultivado en las colonias; las papas, resistentes y abundantes; el repollo, las cebollas y otras hortalizas de las huertas familiares; la leche, la crema y la manteca provenientes de la producción doméstica; y las distintas carnes criadas en cada establecimiento constituyeron la base de una cocina práctica, generosa y profundamente ligada a la vida rural.
El pan ocupó un lugar fundamental dentro de esta tradición gastronómica. Horneado en casa y elaborado con masa fermentada, representaba mucho más que un alimento cotidiano: era símbolo de abundancia, hospitalidad y unión familiar. Su preparación reunía conocimientos transmitidos de madres a hijas y de abuelas a nietos, conservando técnicas y secretos que aún hoy forman parte del patrimonio culinario de la comunidad.
Otro de los pilares de esta cocina son los fideos caseros, elaborados únicamente con harina, huevos y agua. Estirados cuidadosamente a mano y cortados en finas tiras, acompañaban tanto los almuerzos familiares como las celebraciones importantes. Su sencillez esconde una preparación que requiere paciencia y dedicación, cualidades profundamente valoradas dentro de la cultura de los alemanes del Volga.
Entre las conservas tradicionales, el chucrut ocupa un lugar destacado. Elaborado mediante la fermentación natural del repollo con sal, este alimento permitía disponer de verduras durante los largos meses en los que la producción fresca era escasa. Su sabor intenso y ligeramente ácido acompaña carnes de cerdo, embutidos y papas, conformando una de las combinaciones más características de esta gastronomía.
La cocina de los alemanes del Volga se distingue por platos abundantes y nutritivos, pensados para alimentar a familias numerosas y brindar la energía necesaria para las tareas del campo. Cada preparación refleja una forma de vida en la que el esfuerzo, la cooperación y el respeto por los alimentos eran valores fundamentales. Aún hoy, muchas de estas recetas continúan preparándose del mismo modo que hace más de un siglo, preservando no solo sabores y aromas, sino también una parte esencial de la identidad cultural de esta comunidad.
Cada receta que ha llegado hasta nuestros días es mucho más que una lista de ingredientes y un procedimiento. Es el testimonio vivo de familias que conservaron sus costumbres a través del tiempo, compartiendo alrededor de la mesa historias, afectos y tradiciones que hoy forman parte de un valioso patrimonio cultural.
Conocer esta cocina es descubrir el sabor de una herencia que continúa viva en cada pan recién horneado, en cada plato de fideos caseros y en cada preparación elaborada con dedicación y respeto por las recetas de los antepasados.
Autor: Julio César Melchior.
Album: 20 años.
Bitrate: 320.
Tamaño del archivo: 135.9 Mb.
Caratulas: Frontal.
Año: 2011.
En este ya clásico ciclo de entrevistas de El Observador con historias y relatos de protagonistas de Crespo, dialogamos esta semana con Oscar Huber, quien repasó sus más de 3 décadas junto a la música alemana, recorriendo cientos de escenarios de Entre Ríos y numerosas provincias argentinas. Pero además, contó sobre su paso por las instituciones, el Coro, el deporte y las agrupaciones tradicionalistas.
Autor: Ciclo de entrevistas de El Observador con historias y relatos de protagonistas de Crespo
Un disco lleno de invitados con los Reyes del volga.
Album: Un Encuentro con amigos.
Bitrate: 128.
Tamaño del archivo: 24.9 Mb.
Caratulas: Frontal.
Año: -.
La arquitectura espiritual de las colonias y aldeas alemanas del Volga en la Argentina fue un gravitacional sobre el cual se construyó toda su existencia social y civil. Para un pueblo que había huido de las guerras religiosas del Sacro Imperio y que había preservado su fe como un tesoro de identidad en las estepas rusas, la construcción del templo era el acto fundacional de cualquier aldea. Ya fueran católicos, luteranos o reformados, los colonos diseñaban sus pueblos con la iglesia en el centro exacto, cuyas torres se divisaban desde kilómetros a través de la llanura pampeana, funcionando como faros que orientaban no solo el camino físico de los labriegos, sino también el orden moral de la comunidad.
Autor: Julio César Melchior.