Santi y su conjunto de Gral Ramirez, Entre Rios
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Este plato característico de la gastronomía de los alemanes del Volga, es típico de la región de Suabia (Alemania), y muy popular y altamente valorado en la cocina alemana. En alemán significa literalmente bolsillo de morro.
Autor: Julio César Melchior.
La educación de las niñas en las aldeas alemanas del Volga estaba trazada, desde la cuna, por un destino de servicio, abnegación y fortaleza. A diferencia de los varones, cuya instrucción se orientaba a la fuerza del campo y el liderazgo comunitario, la niña era formada para ser el alma invisible pero resistente del hogar. Su aprendizaje no buscaba el brillo intelectual ni la independencia, sino el dominio perfecto de un complejo sistema de saberes domésticos y virtudes espirituales que garantizara la continuidad de la familia y de las tradiciones más profundas de su estirpe.
Desde muy temprana edad, la niña abandonaba los juegos para convertirse en la alumna perfecta de su madre. En la cocina, aprendía los secretos de las recetas ancestrales, entendiendo que el alimento era mucho más que sustento: era un rito de unión. Aprendía a amasar el pan con la fuerza necesaria para que el horno de barro entregara piezas perfectas, a manejar la palangana y la tabla de lavar hasta que sus manos se enrojecieran por el frío y el jabón casero, y a dominar la aguja con una precisión que rozaba el arte. Coser, remendar, tejer y bordar no eran pasatiempos, sino habilidades críticas de supervivencia en un mundo donde nada se desperdiciaba y cada prenda debía vestir a varias generaciones de hermanos.
En la escuela, su paso solía ser más breve que el de los varones, pero no menos riguroso. Se ponía especial énfasis en su caligrafía y en su capacidad para leer las Sagradas Escrituras, pues ella sería, en el futuro, la primera maestra de fe de sus propios hijos. Sin embargo, su verdadera formación era la del "carácter": se le enseñaba el valor del silencio, la modestia en el vestir y la templanza ante el dolor. Una niña educada era aquella que sabía cumplir con sus deberes sin quejas, que mantenía la casa impecable mientras cargaba a un hermano menor en brazos, y que comprendía que su voluntad debía estar siempre subordinada a las necesidades del grupo familiar y a la autoridad del padre.
Esta educación también incluía el duro aprendizaje de las tareas rurales que recaían sobre los hombros femeninos. Las niñas eran responsables de la quinta, del cuidado de las aves de corral y del ordeñe matutino, tareas que realizaban antes de que el sol terminara de salir. Esta preparación integral las convertía en mujeres de una resiliencia asombrosa, capaces de gestionar una economía doméstica compleja, criar a una decena de hijos y trabajar la tierra a la par del hombre, todo sin perder la devoción religiosa que era el norte de sus vidas. Era una pedagogía del sacrificio silencioso que forjaba mujeres de hierro con manos de artesanas.
Autor: Julio César Melchior.
Pela las cebollas, las lava, las picas y las arroja dentro de una sartén para rehogar en un poco de grasa, después corta pequeños rectángulos de pan duro y también los arroja dentro de la sartén mientras en una olla pone a hervir los Kleis, preparados con harina, sal, un poco de agua caliente y algún ingrediente más.
Parada frente a la cocina a leña, la abuela supervisa y controla cada detalle, esperando que las cebollas y el pan terminen por rehogarse y los Kleis se cocinen.
Ya en su punto, abuela cuela los Kleis, los coloca dentro de una fuente y distribuye encima el pan un poco frito con las cebollas y todo listo para servir. Solamente resta agregarle un poco de crema.
Su madre le enseñó la receta, pero sin el agregado de las cebollas, porque el plato original solamente se prepara con pan duro, sin sumarle nada más, apenas un poco de grasa para freír. Abuela no lo olvidó, se acuerda muy bien, pero qué va a hacer, a su nieta le gusta con pan y cebolla frita, y quiere agasajar a su nieta, que hoy viene a almorzar con ella y le pidió que cocinara Kleis con una cobertura de pan duro y cebolla, recalcando “como solamente vos, abuela, sabes cocinarlo”.
Y eso hace feliz a abuela. Tanto que puso sobre la mesa sus mejores platos y cubiertos
Autor: Julio César Melchior.
En el mosaico de costumbres que forjaron la identidad de las colonias y aldeas, existe un ritual que hoy evoca una profunda nostalgia en los descendientes: la costumbre de preparar mate, no con la tradicional agua caliente, sino con leche de vaca fresca.
Esta práctica, que en algunas familias fue un hábito casi cotidiano y que pasó de los abuelos a los padres, hoy se encuentra, según observadores y memoriosos, prácticamente en desuso en la mayoría de las comunidades de alemanes del Volga.
El mate con leche, más allá de la dulzura que podía aportar (si se le añadía azúcar) o de su sabor reconfortante, cumplía una función esencial en la vida ancestral: la de ser un poderoso suplemento alimenticio.
En aquellos tiempos de esfuerzo constante, donde la vida rural imponía jornadas extenuantes, la leche —rica en calorías, grasas y proteínas— transformaba la infusión en una ración nutritiva clave.
Sustituir el agua por la leche fresca de vaca significaba una alimentación extra diseñada específicamente para fortalecer el cuerpo de toda la familia. Este aporte calórico era vital para que el hombre, la mujer y los niños pudieran afrontar y superar las contingencias diarias que deparaba el trabajo en el campo.
El declive de este hábito está directamente ligado a la modernización de la vida y la simplificación de las rutinas alimenticias. Sin embargo, la memoria de aquella época, con su disciplina y sacrificio, permanece viva.
Las historias, las anécdotas, las vivencias y las fotografías que retratan la dureza y la belleza de esa vida ya pasada se convierten hoy en un valioso legado histórico. Fuentes como el libro “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”, del escritor Julio César Melchior, que son dos libros en uno, son ideales para conocer cómo fue la vida de nuestros ancestros, y también sirven para documentar y honrar el espíritu de aquellos pobladores.
El mate con leche es, por tanto, un símbolo de la resiliencia y el ingenio de una generación que supo encontrar en una simple infusión el combustible necesario para construir su futuro.
Autor: Julio César Melchior.
El 01/01/2011, se inicio este blog, deseoso de compartir mi pasión por la Música de los alemanes. Hace ya catorce años publiqué la primera publicación . Compartiendo materiales musicales del volga, suizo, historias de los grupos y otras historias
Les quería agradecer a todos los colaboradores y la gente que visita este humilde espacio, en estos 14 años le agradezco a todos por el apoyo y la gran colaboración de nuestros colaboradores no fuera posible seguir con este blog.
Album: Sans Souci '84
Bitrate: 128.
Tamaño del archivo: 52.2 Mb.
Caratulas: Frontal.
Año: 1984.
Sonido: Excelente.
El Stollen, también llamado Christollen, Weihnachtsstollen o Striezel es un pan dulce típico alemán. Por su forma debe recordar al niño Jesús recién nacido envuelto en pañales. Por eso su capa externa de azúcar glaseada.
Los orígenes del Stollen se remontan muy atrás en la larga tradición de la cocina alemana. Por eso no es de sorprender que la primera mención que se hace de este pan dulce en un documento escrito date del año 1329, en Naumburgo, a orilla del Saale, como un regalo ofrecido a un obispo. Claro que, por aquel entonces, era un pan mucho más liviano, ideal para los ayunos de adviento.
Recordemos que, por aquellos años, las tradiciones católicas no permitían la ingesta de leche y de manteca durante los períodos de ayuno. Por eso es que la masa de los primeros Stollen sólo podía ser elaborada con ingredientes sencillos, como agua, avena y aceite de nabos.
Esta forma de elaboración primitiva desagradaba profundamente a los nobles de la época debido a su sabor austero, por lo que en 1440 rogaron al príncipe Ernesto de Sajonia y a su hermano, el duque Alberto, que intercediera ante el Papa Nicolás V para que fuera posible incluir la manteca en la receta del Stollen. Pero el Papa rechazó rotundamente la petición.
El primer Papa que permitió por fin incluir este alimento en el ayuno de Adviento fue Inocencio VIII que en 1491 escribió una carta autorizando su uso, que fue llamada “Carta de la manteca” ( Butterbrief), poniendo como condición que se sustituyera el aceite por la manteca. La Butterbrief tenía aún algunas exigencias más insólitas: cada vez que se elaboraba un Stollen, debería pagarse una cantidad a la Iglesia para construir la catedral de Freiberg. La Butterbrief también establecía en sus comienzos que sólo los nobles y algunos de sus allegados podían probar este pan dulce, pero no pudieron impedir que pronto se extendiera al pueblo este permiso.
La influencia de Dresden
La tradición oral cuenta que un pastelero de la corte ( Hofbäcker) llamado Heinrich Drasdo en Torgau ( Sajonia) fue el primero en añadir frutos secos a la fórmula porque lo encontraba demasiado sencillo para ser un pan dulce navideño. Y así se “enriqueció” hasta llegar a la forma conocida en la actualidad, y al mismo tiempo el Dresden Stollen fue conocido primero en Sajonia y posteriormente en toda Alemania.
Como dato adicional podemos agregar que existen varias variantes de Stollen, como por ejemplo, entre muchos otros tipos, el MandelStollen ( de almendras), ButterStollen ( de manteca), MarzipanStollen ( de mazapán), MohnStollen ( de semilla de amapola), Nuss-Stollen ( de nueces).
Obviamente que el Stollen clásico sigue siendo el DresdenStollen. La tradición dice que tras haber sido cocinado en el horno, el Stollen debe reposar tres semanas en un sitio fresco, para que las frutas vayan dando el aroma y el sabor por su interior.
Y como broche final, a continuación la receta de un Stollen alemán :
Ingredientes:
1 kilo de harina de trigo
80 grs de levadura fresca
1 pizca de azúcar blanca
1 cucharada de leche tibia
250 grs de manteca
200 grs de pasas de uva
100 grs de almendras peladas y picadas
100 grs de cáscara de limón cristalizada
100 grs de cáscara de naranja cristalizada
Media cucharadita de sal
200 grs de azúcar blanca
2 yemas de huevo
2 cucharadas de manteca derretida
Azúcar impalpable para espolvorear
Preparación:
Colocar la harina en un tazón grande y deshacer la levadura encima. Espolvorear con la pizca de azúcar y agregar la cucharada de leche tibia. Tapar y dejar reposar durante una hora en un lugar tibio.
Calentar 375 ml de leche con 250 gras de manteca hasta que esta última se haya derretido. Verter dentro del tazón con la harina y la levadura, y agregar las almendras, las cáscaras cristalizadas, la sal, el azúcar y las yemas. Mezclar con las manos hasta formar una masa suave, después incorporar las pasas de uva. Volver a cubrir el tazón y dejar reposar en un lugar tibio durante otra hora o hasta que la masa haya duplicado su volumen.
Darle una forma alargada y colocar sobre una placa para llevar al horno.
Hornear en horno precalentado a 190° entre 45 a 60 minutos.
Retirar del horno y barnizar con dos cucharadas de manteca derretida.
Espolvorear con azúcar impalpable mientras aún está caliente.
Autor: Julio César Melchior.
Pasa el tiempo, los meses y los años, y todavía la veo a mi abuela arrodillada en la tierra, al frente de su casa, trasplantando plantines de diferentes variedades de flores. Rodeada de rosas, margaritas, petunias, amapolas, en una escena multicolor. El zumbido de las abejas y algún colibrí yendo de flor en flor.
Mi abuela tenía un cuchillo gastado, para realizar los hoyos en la tierra donde ubicar los plantines, una azada vieja para carpir y un rastrillo antiguo, porque no solamente trasplantaba sino que mantenía una ardua lucha con los rebeldes yuyos que se atrevían a invadir su jardín, que siempre lucía limpio, ordenado y sumamente pulcro.
Mi abuela regaba con una regadera y un balde, mientras sacaba agua con la bomba, que ella misma bombeaba. En su casa no había motores, mangueras ni regadores o rociadores artificiales. Todo eso vino después, cuando ella ya no estaba.
Se levantaba bien temprano a la mañana, pasaba por el baño, encendía la cocina a leña, calentaba agua y preparaba mate. Y sorbiendo el primer mate, salía al patio, a recorrer su jardín, a controlar si durante la noche no había habido una invasión de hormigas, o alguna otra plaga. Cortaba las flores y las hojas secas. Las guardaba en el enorme bolsillo de su delantal, para no ensuciar el patio. Luego retornaba a la cocina y terminaba de tomar mate, mientras comía un poco de pan con manteca y miel, para finalmente salir a regar. Porque abuela regaba a medida que amanecía y cuando anochecía, cuando el sol comenzaba a irse a dormir. Mi abuela, como ya se habrán dado cuenta, adoraba su jardín y amaba las flores.
Autor: Julio César Melchior.